LA NOCHE SOLO ACABA DE EMPEZAR

Capítulo X

♥ La noche solo acaba de empezar ♥


El viento sopla cargado de un dulce olor que remueve tus recuerdos, azota fuerte las orillas de tu piel. Camuflado entre las ráfagas de viento, notas su cálido aliento, —¡Sabes que está cerca!—. Puedes intuirlo entre los pasos de la gente, puedes oírlo entre la multitud.

Sin apenas tiempo de reacción, te giras y lo ves, se acerca, no dice ni una sola palabra, solo te mira y sonríe. Desarma los pocos argumentos de defensa que te quedaban.

—¿Qué puedes hacer ante esa mirada?—

¡Lógicamente nada! Solo rendirte y dejarte llevar. No sabes cómo va terminar la noche, lo único en lo que puedes pensar es en que, —¡La noche solo acaba de empezar!—

Es una fría tarde de otoño, ha comenzado a llover, las primeras y tímidas gotas comienzan a mojar vuestros rostros, sin poder parar de miraros, y a pesar de la incómoda lluvia, ahí estáis, parados el uno frente al otro sin saber muy bien que hacer, ni que decir.

En tu mente comienzan a agolparse todos y cada uno de los maravillosos encuentros que habéis tenido; aún no sabes por qué habéis estado tantos días sin veros. No quieres preguntar, no necesitas preguntar. Puedes ver en sus ojos cada una de las respuestas.

Te abraza, y sientes que se te acelera el corazón, ¡Cómo has echado de menos este bendito calor! Mientras estáis abrazados te susurra al oído un tímido…

—¿Cómo estás?… 

Con apenas un hilo de voz, —le dices —He estado bien, ¡Aunque ahora estoy mucho mejor!

Deshacéis el prolongado abrazo, aún te tiene sujeta por la cintura, os miráis y con hambre de días pasados os besáis apasionadamente, —sonreís—.

Te coge de la mano y comenzáis a caminar, vais charlando de infinidad de cosas, hay mucha gente por la calle, pero tú solo alcanzas a oír vuestras risas y el chasquido de las hojas secas bajo vuestros pies. Comienza a llover con más intensidad y os refugiáis bajo las terrazas de los edificios, al fondo, veis una pequeña cafetería, decidís llegar hasta allí para tomar algo mientras deja de llover. Una vez dentro os paráis en la puerta, la mayoría de las mesas están ocupadas, os miráis, y sin pensarlo mucho os dirigís a la barra, pedís un par de cervezas, no paráis de hablar, tenéis mucho que contaros.

—¿Quieres que cenemos algo? —le preguntas —te responde que sí—. Llamas a la camarera para que os busque una mesa. Pasados unos minutos, la camarera se acerca y os invita a sentaros, cogéis la carta y entre risas, pedís la comida, —sientes, sentís—, que no estáis muy interesados en cenar y os da la risa tonta.

No paráis de tocaros, de acariciaros, tú le rozas la mano, él te acaricia la pierna, le tocas disimuladamente con tus pies, él te toca suavemente la mejilla. 

Pedís otra cerveza, mientras esperáis la comida. Cuando termináis la cena, tenéis prisa por marcharos, vuestra piel está gritando y reclamando con urgencia. Él levanta la mano para hacerle una seña a la camarera y pedirle la cuenta, mientras la trae, os fijáis al mirar por la ventana que aún no ha dejado de llover. Traen la cuenta y pagáis.

—Aún sigue lloviendo, —le dices—. Os miráis, os reís y simultáneamente decís, —¡Da igual…!

Salís del bar y caminando de la mano os vais tratando de resguardar de la fuerte lluvia bajo los techos que encontráis a vuestro paso; su casa está cerca. 

—¿Quieres que vayamos a mi casa? —te pregunta—.

Sin un atisbo de duda le respondes que sí. Aceleráis el paso, para llegar cuanto antes, parece que no son vuestros pies los que caminan, os impulsa el ansía de la piel deseando tocarse.

Llegáis al portal, busca la llaves, abre y entráis dentro, ¡Estáis empapados! Pero no os parece importar, seguís hablando y riendo como si nada. Subís en el ascensor y una vez dentro, se abalanza sobre ti y te besa como hacía tiempo que no lo hacía, te sujetas a su cuello y te eleva, rodeas con tus piernas su cintura y acaricias su fabulosa mandíbula mientras os fundís en un apasionado beso.

El ascensor se para, habéis llegado a vuestra planta, te baja y de nuevo os reís. Salís del ascensor y entráis en su casa, rápidamente, os quitáis los abrigos empapados, y los dejáis sobre el perchero de la entrada, vais al salón y te pregunta si quieres beber algo, le dices que sí, se va a la cocina y vuelve con dos cervezas.

Tienes frío, parte de tu ropa está mojada, te descalzas y el comienza acariciar tus piernas, mientras te quita las medias…

— ¿Tienes frío? Estás helada…, ¿Si quieres, puedes ducharte para entrar en calor?

Te parece una gran idea, por lo que te levantas y dices, 

—Sí, me apetece ducharme, pero seguro entro más rápido en calor si te duchas conmigo—.

Antes de que termines la frase él ya se ha puesto en pie y se está quitando la camiseta, os volvéis a reír, tenéis esa complicidad, que os lleva siempre a adelantaros el uno a las ideas del otro.

Abrazados, entre risas y bromas, vais hacia el baño, una vez dentro empezáis con prisa a quitaros la ropa, él abre el grifo y vuelve contigo, acaricias y besas su imponente pecho mientras le desabrochas el pantalón, él te levanta los brazos para sacar de una vez tu vestido, y continuáis quitándoos el resto de la ropa, sin dejar de repasar cada una de las curvas de vuestra piel, una vez desnudos os metéis en la ducha, el agua caliente comienza a caer sobre vuestros cuerpos y entre besos y caricias, la pasión se desata y comenzáis a entrar el calor…

 

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